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Felipe II
corretea nervioso por entre las manos pequeñas de Sergio
. El cuerpo negro y lustroso de bicho brilla como el azabache
al sol de la media tarde; acaso sea eso lo que hace que
el niño contemple a Felipe II como si, en vez de un escarabajo
normal y corriente, se tratase del coleóptero primigenio,
del eslabón perdido, de una especie extinguida hace siglos.
Felipe II, cuyo terror parece ir en aumento, mueve las patas
a mayor velocidad, tratando en vano de huir de su captor.
La intranquilidad del insecto es comprensible, pero está
completamente, injustificada: lo más probable es que el
muchacho le depare el mismo destino que a su hermano, Felipe
I, que fue devuelto a la libertad del estiércol una vez
saciada la curiosidad infantil.
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Sergio, de
nueve años de edad, es uno de los ochenta niños que disfrutan
de la naturaleza en la Granja-Escuela La Limpia, situada
a menos de dos kilómetros de Guadalajara. El complejo
(un par de edificios que albergan las habitaciones, 6 aulas
y el comedor; una pradera, un olivar, una huerta, una piscina,
un patio de juegos y diversos recintos para los animales
-establos, pocilga, conejera, jaula de ocas y patos, redil-)
nació en 1978 "con la idea de acercar el medio rural
a chavales que viven en núcleos urbanos", según explica
José María Hornedo, director de la granja. Por aquellas
fechas, la creación de un centro de estas características
era una experiencia sin precedentes en nuestro país.
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La idea surgió en los campamentos de verano
que hacían el Club de Tiempo Libre de Getafe y Vallecas,
donde Hornedo trabajaba junto a Javier López Roberts, Javier
García Hierro, Mari Carmen Bueno y Alejandro Cecilia, promotores
de La Limpia. De hecho, fueron las visitas a algunos caseríos
del País Vasco y la reacción de los niños lo que animó definitivamente
a la instalación de la granja. Hoy, veinte años después,
las granjas- escuelas se han institucionalizado y multiplicado
para cubrir una demanda creciente, y ofrecen una amplísima
gama de actividades cada vez más sofisticadas.
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En la pionera
del país todo sigue prácticamente igual que hace veinte
años. Los niños aprenden a hacer queso y pan, pastorear
las ovejas, montar a caballo o trabajar el huerto. Muchos
de ellos han tenido aquí su primer contacto directo con
los animales y la naturaleza. Como Alicia, de once años,
que lleva visitando La Limpia verano tras verano, desde
que tenía cuatro. Ella nunca olvidará la primera vez que
ordeñó a esa vaca blanquinegra, paciente y gigantesca
a la que todos los granjeros llaman Paca. "Lo primero
que hice al volver a mi casa fue explicar a mis padres que
la leche no venía de los tetra bricks".
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Diez de la mañana.
Gonzalo, de siete años, contempla absorto a Ketchup y Mostaza,
dos moles rosadas de ojos negros y colas retorcidas que se gruñen
el uno al otro con regocijo en el interior de la porqueriza. El
pequeño adopta un tono de hombre de mundo para explicar que ésta
no es, "ni mucho menos", la primera vez que ve un cerdo. "Ya los
había visto antes, en la televisión', afirma con pretendida indignación.
Su afición por los gorrinos es compartida por Caria, de cinco
años de edad, a quien le fascina el hecho de que "les echan comida
y ellos se manchan todo el cuerpo". Sin embargo, su opinión no
es secundada por la mayor parte de los chicos de la granja. "Huelen
mal y me dan asco, dice tajantemente Rocío, una tinerfeña
de cinco años de edad, arrugando la nariz. Su afirmación provoca
el asentimiento de más de una cabeza infantil.
Mucho más carismática
que los marranos es la vaca Paca, una de las estrellas indiscutibles
de la granja aunque este verano Charli, su ternero, le haya quitado
algo de protagonismo. El momento de ordeñarla constituye un auténtico
acontecimiento para los niños, especialmente los más pequeños,
que contemplan cómo las manos hábiles les de Mariano, el
vaquero, consiguen que brote la leche sin apenas esfuerzo, con
un gesto que se les antoja de ilusionista. Ellos, en cambio, tienen
muchas dificultades para extraer el preciado líquido. En el rostro
de algún que otro incombustible consumidor de productos lácteos
se pinta un gesto de decepción al comprobar que la leche, ésa
misma que tanto esfuerzo les ha costado obtener, va a parar íntegramente
al gigantesco biberón de Charlie.
Mientras los más
pequeños se estremecen cada vez que la vaca muge, les mira de
reojo, mueve una pata o sacude el rabo, un grupo de niños medianos
experimenta sus dotes artísticas con la arcilla que les suministra
la monitora Eli. El aula de Manualidades se inunda, en poco más
de media hora, de vasos para lápices más o menos rudimentarios,
de esculturas variadas, de cajas de diferentes tamaños para "meter
cosas". La más creativa es Sol, de diez años, que pone todo su
empeño en modelar un innovador "cenicero supersónico". La muchacha
enseña los planos que ha esbozado en un papel, cual arquitecto
experimentado, a todo aquel que quiera verlos: "En lo alto del
palo está el muñeco, que tiene un sistema especial para
que, al apoyar el cigarrillo, la ceniza siempre caiga dentro".
La más mañosa, Diana, de 11, amante de los animales y experta
en convertir la arcilla en perros miniaturizados a los que sólo
les falta ladrar.
Apenas ha terminado
de modelar su vaso de barro cuando Pablo sale disparado escaleras
arriba, hacia el taller de Apicultura que, en estos momentos está
desierto. La pasión de este chico de once años por las abejas
despertó hace tres, cuando visitó La Limpia por vez primera. Coge
una lupa y, mientras trata de localizar a la abeja reina entre
el amasijo de insectos que se amontonan en un panal de cristal,
Pablo (gorra con visera y aparato dental) deja caer, como el que
no quiere la cosa, algunos datos sobre las abejas: que la reina
se alimenta de jalea real, es más grande que las demás y todas
la protegen; que transportan el polen en sus patas, que en el
invierno se alimentan de la miel almacenada en verano... "Antes
de venir aquí no sabía nada de las abejas", asegura, dejando la
lupa sobre una mesa y abandonando su poco fructífera búsqueda
de la reina, "Sólo que picaban, y.. poco más".
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Fuera, en
el patio, un par de críos tratan de despertar a Tari, una
perra vieja y gris, de su improvisada siesta a la sombra
de un seto. Ella y Niebla, una perra joven de color blanco,
están acostumbradas a soportar estoicamente todo tipo de
inocentes torturas infantiles.
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Así que Tari apenas
se inmuta cuando llegan los refuerzos y una diminuta pandilla
de niños de entre cinco y seis años comienza a gritarle a coro,
justo al lado de la oreja, que se levante para poder jugar con
ella. El anciano animal sí responde, en cambio, a los requerimientos
de Álex, de nueve años, que se sienta a su lado y comienza a rascarle
la barriga. "Todas las mañanas me despierta el gallo", explica
Alex, que lleva las gafas atadas a un cordón para evitar su pérdida,
,,así que siempre me levanto el primero y bajo al patio antes
que los demás. Como nadie acaricia a los perros durante la noche,
y por la mañana temprano sólo estoy yo, nos hemos hecho muy amigos".
En pocos minutos,
Tari se convierte en el centro de atención. Los niños se apresuran
a contar, quitándose la palabra unos a otros, la cara amarga de
la vida de este perro tranquilo, curtido y viejo: ..."una vez
tuvo una cría que se murió al nacer"..."al cachorrito lo tienen
en el taller de Naturaleza, dentro de un bote"..."está metido
en un líquido especial, para que no se diseque"...
Efectivamente, la
cría de Tari flota, eternamente silenciosa, en un frasco lleno
de formol que guardan en el aula de Naturales. En la estantería,
junto a ella, hay más botes con contenidos frankensteinianos y
sus correspondientes etiquetas: fetos de cordero, hamsters y conejos
recién nacidos, camaleones, ardillas, serpientes ingrávidas, el
corazón y las cuerdas vocales de un cerdo... Un taller macabro-didáctico
que, es curioso, incomoda más a los adultos que a los niños. A
algunos de los pequeños granjeros les produce una cierta aversión
la contemplación de las vísceras del cerdo, pero ninguno de ellos
se muestra especialmente conmovido ante el malogrado cachorro
de Tari, como si su presencia en el interior de un frasco de cristal
fuese lo más normal del mundo.
Cinco de la tarde.
"¡Qué bonita es!". Sergio y María, ambos de 6 años de edad, no
pueden reprimir la exclamación al extraer una zanahoria de la
tierra. Asesorados por Diana, una de las chicas del grupo de los
medianos, han acudido a la huerta para coger unas cuantas, con
la excusa de dar de comer a los conejos. Los pequeños se
mueven por el huerto con cuidado y expectación, como si fueran
jovencísimos buscadores de perlas en el fondo del mar. Mientras
María remueve el terreno húmedo, Sergio contempla maravillado
la hortaliza de color naranja que él mismo, con sus propias manos,
acaba de entresacar de la tierra. Huele su aroma, fresco y terroso
a la vez, y la acaricia para comprobar su textura, o acaso para
cerciorarse de que el pequeño milagro se ha producido; de que
la zanahoria está ahí realmente. justo en ese momento entran,
cogidas de la mano, Caria e Inés, ambas de cinco años. Cruzan
enfervorecidas la huerta, pisando el sembrado de cebollas y ajos
sin muchos miramientos y al grito de "yo también quiero una zanahoria".
María, solidaria, se ofrece a compartir su cosecha con ellas.
Qué mejor, después
de haber recolectado unas cuantas zanahorias, que darse un paseo
a caballo por la "pradera grande". Prado, la monitora de los más
pequeños, se esfuerza por que los niños aguarden su turno
- "sentaditos y en orden"- para subir a lomos de Niebla,
yegua blanca. Junto a Niebla pasta Pancho, un curioso animal con
crines de heatle y a quien todos llaman "el pony" pero que en
realidad es, según explica Prado, un caballo enano argentino.
"Me gusta el hijito
caballo y el padre caballo, afirma Paula, que para decir qué edad
tiene extiende todos los dedos de su mano izquierda. Marc Antoine,
niño de siete años con aire de sabio despistado y acento marcadamente
francés, se apresura a explicarle que los caballos "no son padre
e hijo, porque cada uno viene de un sitio diferente". Y, ya puesto,
se lanza a ampliar demostración de sus conocimientos sobre los
líquidos: "Cuando el caballo hace así (imita un relincho)
es porque tiene hambre'.
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Santiago,
ajeno a la conversación, invierte todos esfuerzos en obtener
un perfume de fabricación casera "para regalárselo a mi
madre cuando vuelva a casa". Aunque son muchos los
niños de La Limpia que han pasado por el taller de Aromáticas
y fabricado su propia colonia con olor a lavanda, Santiago
no quiere correr el riesgo de que a su grupo no le dé tiempo
de practicar esa actividad en concreto. Ha metido el cartucho
de un carrete de fotos hojas de menta, agua y varias hierbas
secretas que machaca con un palo hace un par de días. Hace
oídos sordos a los comentarios de los demás ("eso no
es un perfume, son hojas podridas en agua") y se entrega
en cuerpo y alma a su obra faraónica.
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Aquí no te pones
mala porque hace mucho calor. Además, puedes ordeñar vacas y hacer
muchas cosas". Rocío y Marina, ambas de seis años de edad, se
enzarzan en un improvisado debate acerca de las ventajas y los
inconvenientes de pasar una quincena del verano en el campo. La
desventaja está clara para ambas: "Son muchos días y echas de
menos a tus padres". Pero se quitan la palabra la una a la otra
para describir las bondades campestres, convirtiéndose durante
unos segundos en dos pequeñas tenistas de la dialéctica: "En Madrid
hay tanto humo que no puedes ni respirar (Rocío); "está todo muy
bonito, decorado con árboles y flores, y huele muy bien" (Marina);
" puedes ir por el bosque y encontrarte una cueva y que en la
cueva haya un tesoro" (Rocío); "el bosque también hay que cuidarlo
porque, aunque hay lobos y está oscuro, es naturaleza igual" (Marina).
Rocío, que acaba de perder un diente de leche, tiene la prueba
definitiva de que en La Limpia hay una cierta magia, un
no sé qué especial del que carece la capital. "El ratoncito
Pérez me ha traído un collar hecho aquí en la granja, muy bonito,
y una tarjeta en la que me manda un beso y un dibujo. En Madrid,
en cambio, no hacía más que regalarme libros de las Spice Girls".
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