Planeta Humano Granja Escuela Huerta la Limpia - Agosto 1998

Artículo publicado en la revista PLANETA HUMANO Numero 6 (Agosto 1998) - Edición papel

TEXTO:ADOLFINA GARCIA / FOTOS: GLORIA RODRÍGUEZ

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Cientos de niños descubren la naturaleza y los animales en la granja-escuela pionera en España.

Felipe II corretea nervioso por entre las manos pequeñas de Sergio . El cuerpo negro y lustroso de bicho brilla como el azabache al sol de la media tarde; acaso sea eso lo que hace que el niño contemple a Felipe II como si, en vez de un escarabajo normal y corriente, se tratase del coleóptero primigenio, del eslabón perdido, de una especie extinguida hace siglos. Felipe II, cuyo terror parece ir en aumento, mueve las patas a mayor velocidad, tratando en vano de huir de su captor. La intranquilidad del insecto es comprensible, pero está completamente, injustificada: lo más probable es que el muchacho le depare el mismo destino que a su hermano, Felipe I, que fue devuelto a la libertad del estiércol una vez saciada la curiosidad infantil.

Sergio, de nueve años de edad, es uno de los ochenta niños que disfrutan de la naturaleza en la Granja-Escuela La Limpia, situada a menos de dos kilómetros de Guadalajara. El complejo (un par de edificios que albergan las habitaciones, 6 aulas y el comedor; una pradera, un olivar, una huerta, una piscina, un patio de juegos y diversos recintos para los animales -establos, pocilga, conejera, jaula de ocas y patos, redil-) nació en 1978 "con la idea de acercar el medio rural a chavales que viven en núcleos urbanos", según explica José María Hornedo, director de la granja. Por aquellas fechas, la creación de un centro de estas características era una experiencia sin precedentes en nuestro país.

La idea surgió en los campamentos de verano que hacían el Club de Tiempo Libre de Getafe y Vallecas, donde Hornedo trabajaba junto a Javier López Roberts, Javier García Hierro, Mari Carmen Bueno y Alejandro Cecilia, promotores de La Limpia. De hecho, fueron las visitas a algunos caseríos del País Vasco y la reacción de los niños lo que animó definitivamente a la instalación de la granja. Hoy, veinte años después, las granjas- escuelas se han institucionalizado y multiplicado para cubrir una demanda creciente, y ofrecen una amplísima gama de actividades cada vez más sofisticadas.

En la pionera del país todo sigue prácticamente igual que hace veinte años. Los niños aprenden a hacer queso y pan, pastorear las ovejas, montar a caballo o trabajar el huerto. Muchos de ellos han tenido aquí su primer contacto directo con los animales y la naturaleza. Como Alicia, de once años, que lleva visitando La Limpia verano tras verano, desde que tenía cuatro. Ella nunca olvidará la primera vez que ordeñó a esa vaca blanquinegra, paciente y gigantesca a la que todos los granjeros llaman Paca. "Lo primero que hice al volver a mi casa fue explicar a mis padres que la leche no venía de los tetra bricks".

Diez de la mañana. Gonzalo, de siete años, contempla absorto a Ketchup y Mostaza, dos moles rosadas de ojos negros y colas retorcidas que se gruñen el uno al otro con regocijo en el interior de la porqueriza. El pequeño adopta un tono de hombre de mundo para explicar que ésta no es, "ni mucho menos", la primera vez que ve un cerdo. "Ya los había visto antes, en la televisión', afirma con pretendida indignación. Su afición por los gorrinos es compartida por Caria, de cinco años de edad, a quien le fascina el hecho de que "les echan comida y ellos se manchan todo el cuerpo". Sin embargo, su opinión no es secundada por la mayor parte de los chicos de la granja. "Huelen mal y me dan asco, dice tajantemente Rocío, una tinerfeña de cinco años de edad, arrugando la nariz. Su afirmación provoca el asentimiento de más de una cabeza infantil.

Mucho más carismática que los marranos es la vaca Paca, una de las estrellas indiscutibles de la granja aunque este verano Charli, su ternero, le haya quitado algo de protagonismo. El momento de ordeñarla constituye un auténtico acontecimiento para los niños, especialmente los más pequeños, que contemplan cómo las manos hábiles les de Mariano, el vaquero, consiguen que brote la leche sin apenas esfuerzo, con un gesto que se les antoja de ilusionista. Ellos, en cambio, tienen muchas dificultades para extraer el preciado líquido. En el rostro de algún que otro incombustible consumidor de productos lácteos se pinta un gesto de decepción al comprobar que la leche, ésa misma que tanto esfuerzo les ha costado obtener, va a parar íntegramente al gigantesco biberón de Charlie.

Mientras los más pequeños se estremecen cada vez que la vaca muge, les mira de reojo, mueve una pata o sacude el rabo, un grupo de niños medianos experimenta sus dotes artísticas con la arcilla que les suministra la monitora Eli. El aula de Manualidades se inunda, en poco más de media hora, de vasos para lápices más o menos rudimentarios, de esculturas variadas, de cajas de diferentes tamaños para "meter cosas". La más creativa es Sol, de diez años, que pone todo su empeño en modelar un innovador "cenicero supersónico". La muchacha enseña los planos que ha esbozado en un papel, cual arquitecto experimentado, a todo aquel que quiera verlos: "En lo alto del palo está el muñeco, que tiene un sistema especial para que, al apoyar el cigarrillo, la ceniza siempre caiga dentro". La más mañosa, Diana, de 11, amante de los animales y experta en convertir la arcilla en perros miniaturizados a los que sólo les falta ladrar.

Apenas ha terminado de modelar su vaso de barro cuando Pablo sale disparado escaleras arriba, hacia el taller de Apicultura que, en estos momentos está desierto. La pasión de este chico de once años por las abejas despertó hace tres, cuando visitó La Limpia por vez primera. Coge una lupa y, mientras trata de localizar a la abeja reina entre el amasijo de insectos que se amontonan en un panal de cristal, Pablo (gorra con visera y aparato dental) deja caer, como el que no quiere la cosa, algunos datos sobre las abejas: que la reina se alimenta de jalea real, es más grande que las demás y todas la protegen; que transportan el polen en sus patas, que en el invierno se alimentan de la miel almacenada en verano... "Antes de venir aquí no sabía nada de las abejas", asegura, dejando la lupa sobre una mesa y abandonando su poco fructífera búsqueda de la reina, "Sólo que picaban, y.. poco más".

Fuera, en el patio, un par de críos tratan de despertar a Tari, una perra vieja y gris, de su improvisada siesta a la sombra de un seto. Ella y Niebla, una perra joven de color blanco, están acostumbradas a soportar estoicamente todo tipo de inocentes torturas infantiles.

Así que Tari apenas se inmuta cuando llegan los refuerzos y una diminuta pandilla de niños de entre cinco y seis años comienza a gritarle a coro, justo al lado de la oreja, que se levante para poder jugar con ella. El anciano animal sí responde, en cambio, a los requerimientos de Álex, de nueve años, que se sienta a su lado y comienza a rascarle la barriga. "Todas las mañanas me despierta el gallo", explica Alex, que lleva las gafas atadas a un cordón para evitar su pérdida, ,,así que siempre me levanto el primero y bajo al patio antes que los demás. Como nadie acaricia a los perros durante la noche, y por la mañana temprano sólo estoy yo, nos hemos hecho muy amigos".

Unos pocos minutos, Tari se convierte en el centro de atención. Los niños se apresuran a contar, quitándose la palabra unos a otros, la cara amarga de la vida de este perro tranquilo, curtido y viejo: ..."una vez tuvo una cría que se murió al nacer"..."al cachorrito lo tienen en el taller de Naturaleza, dentro de un bote"..."está metido en un líquido especial, para que no se diseque"...

Efectivamente, la cría de Tari flota, eternamente silenciosa, en un frasco lleno de formol que guardan en el aula de Naturales. En la estantería, junto a ella, hay más botes con contenidos frankensteinianos y sus correspondientes etiquetas: fetos de cordero, hamsters y conejos recién nacidos, camaleones, ardillas, serpientes ingrávidas, el corazón y las cuerdas vocales de un cerdo... Un taller macabro-didáctico que, es curioso, incomoda más a los adultos que a los niños. A algunos de los pequeños granjeros les produce una cierta aversión la contemplación de las vísceras del cerdo, pero ninguno de ellos se muestra especialmente conmovido ante el malogrado cachorro de Tari, como si su presencia en el interior de un frasco de cristal fuese lo más normal del mundo.

Cinco de la tarde. "¡Qué bonita es!". Sergio y María, ambos de 6 años de edad, no pueden reprimir la exclamación al extraer una zanahoria de la tierra. Asesorados por Diana, una de las chicas del grupo de los medianos, han acudido a la huerta para coger unas cuantas, con la excusa de dar de comer a los conejos. Los pequeños se mueven por el huerto con cuidado y expectación, como si fueran jovencísimos buscadores de perlas en el fondo del mar. Mientras María remueve el terreno húmedo, Sergio contempla maravillado la hortaliza de color naranja que él mismo, con sus propias manos, acaba de entresacar de la tierra. Huele su aroma, fresco y terroso a la vez, y la acaricia para comprobar su textura, o acaso para cerciorarse de que el pequeño milagro se ha producido; de que la zanahoria está ahí realmente. justo en ese momento entran, cogidas de la mano, Caria e Inés, ambas de cinco años. Cruzan enfervorecidas la huerta, pisando el sembrado de cebollas y ajos sin muchos miramientos y al grito de "yo también quiero una zanahoria". María, solidaria, se ofrece a compartir su cosecha con ellas.

Qué mejor, después de haber recolectado unas cuantas zanahorias, que darse un paseo a caballo por la "pradera grande". Prado, la monitora de los más pequeños, se esfuerza por que los niños aguarden su turno - "sentaditos y en orden"- para subir a lomos de Niebla, yegua blanca. Junto a Niebla pasta Pancho, un curioso animal con crines de heatle y a quien todos llaman "el pony" pero que en realidad es, según explica Prado, un caballo enano argentino.

Me gusta el hijito caballo y el padre caballo, afirma Paula, que para decir qué edad tiene extiende todos los dedos de su mano izquierda. Marc Antoine, niño de siete años con aire de sabio despistado y acento marcadamente francés, se apresura a explicarle que los caballos "no son padre e hijo, porque cada uno viene de un sitio diferente". Y, ya puesto, se lanza a ampliar demostración de sus conocimientos sobre los líquidos: "Cuando el caballo hace así (imita un relincho) es porque tiene hambre'.

Santiago, ajeno a la conversación, invierte todos esfuerzos en obtener un perfume de fabricación casera "para regalárselo a mi madre cuando vuelva a casa". Aunque son muchos los niños de La Limpia que han pasado por el taller de Aromáticas y fabricado su propia colonia con olor a lavanda, Santiago no quiere correr el riesgo de que a su grupo no le dé tiempo de practicar esa actividad en concreto. Ha metido el cartucho de un carrete de fotos hojas de menta, agua y varias hierbas secretas que machaca con un palo hace un par de días. Hace oídos sordos a los comentarios de los demás ("eso no es un perfume, son hojas podridas en agua") y se entrega en cuerpo y alma a su obra faraónica.

Aquí no te pones mala porque hace mucho calor. Además, puedes ordeñar vacas y hacer muchas cosas". Rocío y Marina, ambas de seis años de edad, se enzarzan en un improvisado debate acerca de las ventajas y los inconvenientes de pasar una quincena del verano en el campo. La desventaja está clara para ambas: "Son muchos días y echas de menos a tus padres". Pero se quitan la palabra la una a la otra para describir las bondades campestres, convirtiéndose durante unos segundos en dos pequeñas tenistas de la dialéctica: "En Madrid hay tanto humo que no puedes ni respirar (Rocío); "está todo muy bonito, decorado con árboles y flores, y huele muy bien" (Marina); " puedes ir por el bosque y encontrarte una cueva y que en la cueva haya un tesoro" (Rocío); "el bosque también hay que cuidarlo porque, aunque hay lobos y está oscuro, es naturaleza igual" (Marina). Rocío, que acaba de perder un diente de leche, tiene la prueba definitiva de que en La Limpia hay una cierta magia, un no sé qué especial del que carece la capital. "El ratoncito Pérez me ha traído un collar hecho aquí en la granja, muy bonito, y una tarjeta en la que me manda un beso y un dibujo. En Madrid, en cambio, no hacía más que regalarme libros de las Spice Girls".